Prólogo

Uno a veces da un salto al vacío. Sin medir consecuencias. Sin pensarlo racionalmente.

Cinco segundos. Ese es el tiempo que se tarda en vaciar la mente y saltar. Deben haber escuchado la regla de los cinco segundos, es una ley que dice que uno tarda cinco segundos en reprogramar la mente, cambiar un pensamiento, perder el miedo o dejar de pensar. Sí, algo así como lo que tardaste en leer este párrafo.

En cinco segundos, tu mente puede cambiar y reprogramarse. En mi opinión, uno tarda solo esos segundos en cambiar su vida. Nunca subestimaría el poder del tiempo.

Sin embargo, toda buena historia en tu vida va a comenzar cuando dejes de estar seguro y sueltes el control. Los jóvenes tenemos la obligación de generar revoluciones para hacer temblar a los adultos conformistas, para mantener el movimiento de las cosas y desbalancear lo que parecía balanceado. Muchas cosas parecen y no lo son. 

En este caso, nuestra balanza estaba inclinada desigualmente. Ya saben, donde las cosas no son justas y la ley no es la misma para todos por igual. Pero uno tiene que dejar a las historias ser. Si dejas que todo fluya ellas mismas te convertirán poco a poco en una que valga la pena contar.

Acá mismo empiezan a escribirse mis pasos, protagonizados por un salto de fe, un salto al vacío. Hacia la nada misma. Pero en pocos segundos – cinco segundos – esa NADA se convirtió en una gran historia, de esas que están en los libros que nos hacen leer en la escuela.

De chico nadie nos dice que nosotros somos historias y que también nos merecemos un lugar en los libros. Nuestra rebeldía es importante. Nuestra generación no está perdida. Solo tenemos que contarnos a nosotros mismos. Esto no es cosa de adultos, nos pertenece a nosotros. Ellos ya están repletos de libros donde hablan de cosas serias que nos obligan a leer. Habrá que llenar las librerías y las calles con nuestros libros para equiparar la balanza.

Si había algo que faltara en mi vida además de amor, era seguridad. No fui de las afortunadas y recuerdo que todo me daba miedo. Era una chica temerosa y tímida. Pero presentía en los huesos que estaba predestinada a otras cosas, aunque el resto todavía no lo supiera.

Siempre fui esa ruptura o punto culmine en todo proceso, ese momento delicado donde se pasa del plan A al plan B, donde la oruga se envuelve en una crisálida y el invierno pretende acabar con todo el follaje viejo. Algunos adolescentes estamos condenados a ser ruptura en la vida cotidiana, no hay forma de detenerlo. Sería como intentar detener la primavera.

Todo en este libro comienza con la muerte. Una muerte un tanto particular, hambrienta y desesperada por vida. Fue algo así como esa área del espacio donde nada parece suceder pero algo se ramifica lentamente. Y cuando uno menos se lo espera, creció tanto que explota. Como un inexplicable e incontrolable bing bang, dispuesto a traer vida cueste lo que cueste, explote lo que tenga que explotar.

Algunos no podemos evitar ser una supernova. Somos desde que nacemos ese choque inminente que concluye en un caos. Pero en medio de todo esto que me sucedió, pude encontrar algo muy valioso, algo gigante: el valor de la amistad. En ese momento que estrellamos nuestras vidas unos con los otros, todo nuestro alrededor cambio por completo.

Se produjeron cambios, tornados, giros inesperados, revoluciones y mucha confusión. Pero al final de cuentas, no cambiaríamos nada, no nos arrepentimos de haber sido parte del Club de los Noctámbulos.

Nadie nos hizo parte de nada. Nadie nos dio un lugar o importancia. Nuestras voces eran subestimadas. Y aun así, nuestras historias se pertenecían y merecían ser contadas en plural. Así que cuando éramos chicos que no teníamos absolutamente nada, el club de los Noctámbulos fue lo único que nos pertenecía y que todavía nos pertenece en el fondo de nuestra memoria.

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