Capítulo 1

— Auch — exclamé en voz baja. Mierda.

Mi pie izquierdo se dobló al salir por la ventana. Tapé mi boca como reflejo, el barrio estaba en puro silencio. El frío disminuyó el dolor. La calle estaba iluminada solamente por una luz amarillenta que se tambaleaba en el viento. Cerré la ventana de mi habitación con máximo cuidado.

Parecía que nadie me había escuchado, pero los grillos gritaban cada vez más fuerte y aturdían mis oídos. El otoño se podía sentir en los pies húmedos y la niebla cubría la punta de los edificios a lo lejos. Acomodé mi gorro carmesí y temblando guardé las manos congeladas en el bolsillo delantero, llevaba puesto el buzo favorito de mi madre que me llegaba hasta las rodillas. Continué con mi tarea enfocada como si tuviera que cerrar un pacto muy importante.

La impulsividad me superaba. Esa mañana me habían dicho que mi madre había muerto. No estaba pensando. Solo seguía mi instinto ciegamente. Era la primera vez que me escapaba de mi casa. Ni siquiera mencionar que jamás había salido a esas horas de la noche completamente sola.

No sabía absolutamente nada de la muerte. Nada de nada. El único recuerdo que tenía era de un amigo de mi infancia al que se le había muerto su perrito, había estado llorando una semana y luego todo había vuelto a la normalidad. Ese nivel de ignorancia que manejaba me generaba pánico y curiosidad.

Había leído algo una vez. Decían que era un estado de paz y tranquilidad. Era como estar dormido. Me imaginaba que era similar desaparecer, como si de repente te cumplieran el deseo de ser invisible y nadie más pudiera verte otra vez. En ese momento de mi vida, ese superpoder sonaba igual a la descripción de felicidad.

Cada vez que recuerdo ese momento dudo si fue un sueño o no. Todo parece tan irreal en mi mente: los olores, cómo corría el tiempo a cada latido, la niebla, mis pasos solitarios retumbando en la vereda. Ese día todo iba a cambiar y ni siquiera lo sabía. Todavía era demasiado ingenua, demasiado cobarde. Simplemente, esa noche caminaba sin rumbo, era una noctámbula más.

Crucé el puente sobre el Rio de la Plata por primera vez. La ciudad de Epecuén me esperó con sus brazos abiertos, era el lugar perfecto para cualquier niño extraviado. Nada más tranquilo que una ciudad abandonada.

En mi bolsillo tenía una carta. Una muy importante. Sentía que mi cuerpo se aceleraba de pensar solamente las palabras que llevaba allí.

Era una carta suicida.

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