Capítulo 2

ZONA ABANDONADA: NO PASAR

El cartel se inclinaba cada vez más hacia la derecha, en algún momento terminaría caído en el río. Desde ahí, me subía a una colina y miraba hacia los costados para constatar que nadie me seguía. Hace dos años que me escapaba todas las noches que podía salir sin que me vieran, se había vuelto parte de mi rutina desde la muerte de mi madre.

Para llegar hasta ahí tomaba siempre el atajo que ya conocía, caminaba sobre las vías de la calle Oxford Street y giraba en la Vuelta de Whitehall. Allí solo tenía que buscar en la oscuridad el cartel oxidado que estaba en la entrada.

Eran las dos de la mañana, vagaba escapándome de la realidad como solía hacerlo siempre y me refugiaba en esa ciudad desolada. Su inexplicable abandono hacia que me identificara con ese lugar, se sentía como una canción de cuna, era similar a estar en casa.

La misteriosa ciudad de Epecuén.

Una zona ubicada en medio de lo que quedó de la Ciudad de Buenos Aires. Nadie iba por ahí porque habían mitos terroríficos y para llegar había que cruzar un puente que parecía desmoronarse sobre el Río de la Plata.

Desde ese puente se podía ver la bandera de la Nueva Argentina revoloteando sobre un edificio del Ministerio y ese era el único movimiento nocturno que podía notarse. A partir de la última guerra, las cosas por estos perímetros no han sido nada fructíferas y mucho menos populares.

Ese era mi perfecto rincón del mundo con la cantidad justa de polvo, vidrios rotos y nostalgia que necesita una noctámbula. Le dicen “Epecuén” ya que antes de la guerra civil existía un pueblo abandonado con ese nombre, pero nadie quiere recordar lo que existió antes de eso, es como si fuera una herida colectiva borrada de la memoria.

Su nombre ni siquiera aparecía en el mapa, era una zona que se había perdido durante la época de la Segunda Guerra de las Malvinas, primero quedando en manos inglesas y luego quedando en el olvido. Todos los que habitaban allí habían huido así que no había forma de averiguarlo.

Apenas el tren de mi barrio dejó de escucharse, comencé a caminar hacia mi destino. Todavía había algunas personas pero de a poco iban desapareciendo. No muchos tenían la valentía de dejar sus casas a esas horas de la madrugada, sin embargo ya no le tenía miedo, era algo que se había vuelto necesario.

Al pasar por las maderas viejas del puente salías justo sobre la avenida principal desolada. Me tapé la cabeza con la capucha para armarme de valor y empecé a caminar por las maderas del puente sin mirar hacia los costados.

Me agarraba de vez en cuando de las vigas de metal que lo mantenían en pie y en otras haciendo equilibrio. Tenía mucho vértigo y a veces tenía que detenerme porque me temblaban las piernas, pero debía cruzarlo.

Mi familia estaba más arruinada que ese lugar, me sentía comprendida. Seguí caminando por la avenida ya que el puente se comunicaba con una extensa calle que se conectaba con todas las de la ciudad.

La Av. Almirante Brown parecía ser la calle principal, aparecía su nombre escrito en un cartel y aparecía el nombre “Bloomsbury” tachado, tampoco podía estar segura de cuál era su verdadero nombre. La mayoría de los edificios eran locales con vidrieras y estanterías, algunas aún conservaban sus respectivos carteles.

Esa noche iba a pasar por la puerta ya que iba en esa dirección, utilizaba las fachadas de la casas para guiarme y no perderme, varias estaban pintadas de colores o tenían distintos estilos arquitectónicos, como si fueran de distintos períodos históricos. No era fácil guiarse, pero tampoco imposible, armaba un mapa visual de calles en mi mente.

Mientras caminaba a punto de cruzar el Parque Lezama, el ruido de una piedra que cayó me despabiló. Miré detrás de mí y no había nadie. Luego empecé a escuchar a alguien que hablaba, pero solo oía una voz, nadie le respondía. El ruido provenía de la otra esquina.

Me asomé y observé. No lograba ver a nadie. La luna era la única luz que alumbraba la ciudad silenciosa. Otra piedra cayó desde el techo de una casa. Agudicé mis sentidos, noté que en el piso había un fruto del árbol enorme que tenía a unos metros. Luego, vi otro caer sobre un auto desarmado que provocó un estruendoso ruido.

Traté de inclinarme un poco más para ver qué había allí arriba, quién tiraba esas cosas, y vi a un niño. Me acerqué un poco más, noté que no era un niño, sino un adolescente.

Esa fue la primera vez que vi al chico de la cornisa.

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