Capítulo 3

Se suponía que no debíamos estar en Epecuén, ninguno de nosotros debía estar ahí.

Era una zona prohibida. Me escondí antes de tomar una decisión sobre qué hacer al respecto. Ambos éramos culpables. Sin embargo, era como si ya estuviéramos destinados a cruzarnos por pura matemática y coincidencia exacta.

—¿Qué te pasa? ¡Qué mierda estás haciendo ahí arriba! —escuché que otra persona gritó a lo lejos— ¡Che, amigo! Tuve un día complicado, ¿Podés bajarte? No tengo ganas de quedarme acá, la gente se mete en lugares abandonados para estar tranquilo— Su voz me sonó familiar.

Busqué rápido un mejor lugar para ocultarme. Me acerqué a la esquina y me metí en una casa para observar mejor la escena a través de una ventana. Todo estaba oscuro y mohoso.

Miré a través de unas cortinas rajadas. Se encontraba un chico de mi estatura o menos en el borde de la cornisa. Y el chico que hablaba estaba a unos metros de mi ventana, tenía que tener cuidado.

Al que hablaba lo pude reconocer. Era Fran, era compañero de mi escuela y el novio de Josephine. Ella era una chica que solía ser mi mejor amiga y luego se convirtió en mi peor pesadilla, así que cuanto más lejos me mantuviera de él mejor. El chico de la cornisa no pude reconocer quién era.

¿Qué hacia él caminando en Epecuén? De más está decir que la situación me ponía los nervios de punta. Ambos se quedaron discutiendo a los gritos.

—No es asunto tuyo. — respondió el chico desconocido — Seguí caminando y no te metas.

—Si te caes, te morís y listo. Yo soy el que se queda vivo y te ve con la cabeza rota y sangrando por el resto de su vida.

—No me entendés, repito, no te metas.

—Si, si entiendo, tu vida debe ser tan complicada que no lo soportás más, lamento decirte que todos tenemos una vida complicada. No te hagas la víctima.

—¿Y vos qué sabés sobre mí? No sabés nada, lo único que te importa es no ver un cadáver ya que te da demasiado miedo.

—¿Quién habla? ¿El que se está por matar porque le teme a la vida? Tampoco sabés nada sobre mí.

—Bueno, si tanto te molesto, ándate, así no me ves y te vas con la conciencia limpia.

—¡Qué genial idea! Si eso quieres, me iré.

—Me da lo mismo, lo haré de todas formas.

—Si lo hubieras querido hacer ya lo hubieras hecho, no eres lo suficientemente egoísta.

Fran se alejó. De repente, oí unos ruidos en el edificio que estaba enfrente y vi su silueta subiendo por unas escaleras a la terraza. Allí casi todas las casas eran iguales, rejas bajas, patios amplios con entrada directa al interior de la vivienda y una gran terraza pegada a la casa de al lado. Sin hacer mucho ruido, subió y observó al chico de la cornisa. Él tampoco era lo suficientemente egoísta, no iba a dejar que se tirara.

Me relajé, vi que la situación ya estaba solucionada y agradecí que nadie me había visto. Respiré hondo contando hasta diez para relajarme. Me decía a mi misma que cuando terminaran volverían por donde vinieron y nada cambiaría. Todo como antes. Salí por la puerta de atrás de la casa y fui caminando por un pasaje angosto que me fascinaba.

Me detuve de repente. Escuché pisadas que venían en sentido contrario. Entré en pánico. No podían ser los chicos. Se me cortó la respiración al instante. No lo podía creer, eran más personas que las que podía manejar, eran demasiadas coincidencias todas al mismo tiempo. Era una locura. Podía jurar que nadie venía nunca. Me escondí tras una vieja puerta de tres metros y me agaché.

—¿Y para qué me llamaste? –dijo una voz fuerte y resonante.

—¿A dónde vamos? –Esa voz la conocía como la palma de mi mano. Era Naomi, mi mejor amiga. Estaba conversando con otra chica de nuestra edad, podía reconocer su voz pero no sabía bien dónde la había escuchado antes.

—No importa ¿Para qué me llamaste?

—No sé, quería salir de mi casa como se supone que hacen los adolescentes. – respondió Naomi  – ¿Dónde aprendiste a armar cigarrillos?

—Practicándolo, después de hacerlo seguido te sale solo. ¿En serio, jamás has fumado? No está bien, pero tampoco está mal. Cada quién con su vicio, cada quién que planeé su suicidio. Mínimo por la rebeldía de la juventud, los días que se van, las depresiones. Eres demasiado rosa, Naomi.

—Me suelen decir Nao. Y no, no quiero fumar, las chicas no deben fumar. Además, te deja feo aliento. Por cierto, no deberíamos estar aquí, podría ser peligroso.

—Mira, tus padres no se meterían por estos lares ni porque pidan tu rescate y solamente fantasmas deben caminar por este lugar, ningún humano en su sano juicio pasaría por acá. Te dije que te iba a llevar a que respirarás, disfrútalo, esto es respirar.

—Siento que alguien nos mira, odio este lugar. Y porque razón me enseñarías a respirar, vos misma te estás ahogando.

—Tengo que admitir que tenés personalidad. Me caes bien.

Escuché unos gritos de fondo. Supongo que también los escucharon porque apuraron el paso. En ese momento lo único que deseaba era que Naomi estuviera sana en su casa, no iba a dejarla sola, no quería que le pasará nada malo.

Las seguí escondiéndome detrás de escombros. ¿Por qué no me había llamado si quería salir? No entendía bien lo que estaba pasando. ¿Por qué me estaba ocultando cosas?

Empecé a escuchar las voces de los chicos otra vez, parecía que discutían.

—No, bájate, no es gracioso ¿Podríamos tropezarnos y caernos los dos?

—¿No era esa la idea? ¿Suicida?

—En serio, no es nada divertido. No te tirarás conmigo, ni tampoco quiero que lo hagas. Andá a otro edificio, hay toda una ciudad abandonada allá a lo lejos.

—Lo lamento, mi vida es muy aburrida, me sentaré aquí a tu lado a ver como tu cerebro explota, va a ser como un capítulo de una serie zombie.

—Te odio.

—Así que, cóntame ¿Cómo te llamas?

—¿Para qué querés saberlo?

—Si morís tal vez escriba una historia con tu vida, ganaré millones, entrevistas, películas y todo eso. Así que me vendría bien un nombre.

—Soy Almond.

—¿Almond? ¿En serio? ¿Tus padres te quieren? Perdón, no quise tocar un tema delicado. Me olvide que estamos en tu suicidio. No podés morir con ese nombre. ¿Qué tal “Ale”? Ni pienses que voy a gastar mi dinero en un maldito libro en que el protagonista se llame Almond, suena a almendras, a perfume de baño. Desde ahora, serás Ale y me harás ganar millones.

—Tienes un raro sentido del humor. Sin embargo, nadie compraría un libro con mi vida, es demasiado aburrido.

—Eso no depende de la historia, sino del escritor. Y gracias por el cumplido.

—¡Imbéciles! — dijo una voz potente y que causó un eco en toda la ciudad. En ese momento reconocí esa voz en mi mente —Bájense antes de que terminen en el asfalto y todos salgamos perjudicados –Era Scarlet, la chica que hablaba con Nao era la editora del periódico escolar y una de las mejores artistas de la escuela, hizo el discurso escolar ese mismo año al comienzo de clases.

—Tranquila, querida, estamos en el suicidio de Ale, y además, no creo que él tenga pensado bajar. — exclamó Fran con sarcasmo — ¿Qué las trae por aquí?

—Unos malditos subidos a la cornisa que pretenden estar en una película dramática de poca calidad. — respondió Scarlet — No creo que quieran suicidarse y si quieren hacerlo, por favor, no podrían esperar a mañana. Nuestros padres no deben enterarse que estamos aquí.

—Así que andan metiéndose en problemas. No sé ¿Qué decís Ale dejamos esta escena para mañana?

—No me bajaré. Me tiraré esta noche y no me importa quién lo vea ni si se meten en problemas ni si les salpico la cara con sangre.

—Para. No seas tan morboso, hay chicas presentes.

—Si no bajás… en este instante empezaré a… gritar y… llamaré a la policía — dijo Naomi haciendo pausas, algo que suele hacer cuando no sabe qué hacer ni qué decir, cuando la situación la supera.

—Nao, cálmate, esa no es una buena idea. — dijo Scarlet poniendo su brazo alrededor de su espalda y susurrándole para convencerla — Podríamos meternos en graves problemas. Nuestros padres no deben enterarse. Sigamos su juego. Subiremos.

—¿Qué hacen ustedes acá arriba? — exclamó Ale con indignación — No deberían subir, ya somos demasiados.

Tuve que subir al segundo piso de una casa para escucharlos mejor. La idea de que mi mejor amiga estuviera ahí me daba terror. Podría haberme llamado esa noche y se hubiera quedado a dormir en mi casa. Toda esa escena habría sido muy diferente, se hubiera mantenido la normalidad.

Nuestras decisiones nos marcan para siempre, aunque a veces no lo sepamos. De repente comencé a pensar qué pasaría si realmente algo grave pasaba, si llegaban a venir policías, funcionarios del gobierno y cámaras a filmar este lugar. Eso me traería muchos problemas.

—¿Qué podemos hacer para que no te tires, Ale? –preguntó Scarlet acercándose y poniendo una mano en su espalda– Contá bien tu historia y encontraremos una solución. Nos quedaremos acá sentadas hasta que mejores tu ánimo. — la miro a Naomi y le extendió su brazo — Vamos, Nao. Esto es justamente lo que querías, vamos a ser rebeldes. Séntate acá. ¿Nos pueden hacer un lugar?

—No, no es buena idea, podrían caerse – vaciló Ale.

—¿Y qué? Moriríamos igual que vos, sería lo mismo – expresó Scarlet.

—No, porque a nadie le importaría que yo muera.

—Vamos, estoy segura que no sería así.

Me asomé demasiado y Fran me miró a los ojos. Mierda. ¿Qué voy a hacer ahora?

—¿Ustedes trajeron compañía? Hay alguien ahí. — Fran señaló hacia donde estaba escondida. Mierda. Lo que me faltaba.

—¿Cómo que hay alguien? – manifestó Naomi con terror, miró hacia la ventana donde estaba– ¿Alex? ¿Esa es Alex? – me rendí y deje que me viera, tal vez podría convencerla de que baje–¡Alex! ¡Alex! ¡Qué suerte que sos vos! Casi me muero de un infarto, no sirvo para situaciones de terror.

—¿Quién es Alex? – observó Fran confundido.

—Una amiga mía de la infancia. Es genial con estas cosas.

—¿Qué haces ahí arriba Nao? — exclamé preocupada. Tenía terror a las alturas. Solo verla ahí cerca de la cornisa me aterraba.

—Estamos tratando de ayudar a este pobre chico ¿Qué hacés vos acá?

—Estaba caminando. Te vas a caer, tené cuidado. ¿Saben tus padres dónde estás?

—No digas nada, nadie sabe. Vamos, subí, vení a ayudarnos.

—No, no me gustan las alturas. No quiero meterme en problemas.

No me iba a subir ni loca. Bajé rápido las escaleras y volví a pasar por el pasaje empedrado, su belleza hacia que mi mente se calmara. De repente, sentí una mano en mi hombro, se me detuvo el corazón del susto. Era Fran.

– Esperá, necesitamos tu ayuda. Cuantos más seamos mejor.

— No puedo, no puedo hacer eso. Me dan miedo las alturas. — Realmente en ese momento no sé si me daba más miedo la situación de un chico suicida que las alturas. Era una excusa de cobarde.

Me miró como si realmente mi ayuda fuera crucial en la situación, nunca nadie me había mirado así. Pero no podía. Era demasiado.

—Anímate, no te va a pasar nada, es por el bien de Ale.

— ¿Ale?

— El chico que quiere suicidarse –se acerca a mí, me mira fijamente y me dice en voz baja— Es algo importante.

— No puedo, perdón. Es que, no puedo.

Me fui corriendo y no escuché pisadas más que las mías, él no se movió hasta que desaparecí en el medio de la noche. Sin embargo, me quedé cerca. Quería saber si lo habían logrado o no.

Tardaron casi toda la noche, no obstante, Ale se bajó de la cornisa en un acto triunfal de parte de los cuatro. Creo que recién ahí dejé de llorar y pude regresar a casa. Me odiaba a mí misma demasiado en esos momentos.

Era la definición del autosabotaje en persona.

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