Capítulo 4

Jamás había visto a Ale. Ni siquiera lo recordaba.

Todas las mañanas caminaba por las vías hacia el colegio donde cursábamos juntos. En esa época ir a la escuela era como si me ataran una soga al cuello y fueran tirando de ella poco a poco. Mi propósito hasta ese día había sido pasar desapercibida, cuánto más invisible fuera menos se meterían conmigo. Esa noche no había dormido nada, el encuentro casual con mis compañeros había alterado todas mis emociones.

Tomé mi mochila del piso, guardé todos los libros que iba a necesitar y cambié mi ropa por el uniforme escolar. Todos sin importar la clase social teníamos que usarlo para garantizar un orden general. Después nos separaban por cursos y actividades, en mi caso solamente cursaba las gratuitas y obligatorias.

Si sacaba buenas notas y mantenía mi promedio, con suerte podía acceder a estudiar literatura avanzada o participar en otras clases privadas. Pero si llegabas a tener una mala conducta no podías acceder al beneficio. Llegar tarde afectaba la reputación de un estudiante. Pisé una baldosa rota y entró un charco completo en mis zapatos. Mierda.

Me paré en una esquina y sacudí mis pies para sacarme un poco el agua. Miré hacia el piso esperando que el semáforo cambiará a verde para poder cruzar. También pude ver la hora y estaba excesivamente retrasada. Sin embargo, como estudiante no quería arriesgarme a no poder alcanzar un buen promedio. Entonces, me concentraba en encontrar los libros correctos y educarme de manera autodidacta.

Desde esa noche extraña en Epecuen, podía percibir que mi forma de ver el mundo había cambiado. Ya no era un secreto ese lugar, otras personas podían cruzar el puente también. Perdí la confianza que tenía antes para optar ir ahí cuando quisiera a escapar de todo.

No podía sacar a ese chico vulnerable de mi mente. Jamás había escrito nada sobre él. Ese fue mi error. Creer que podía observarlo todo. De vuelta estaba pensando mil veces las cosas. Prácticamente no había descansado nada. Había llorado un largo rato. Mis ojeras no se podían camuflar y tenía los ojos irritados.

Entré apurada a la gran institución por la puerta principal, un gran portón con rejas negras y vidrio espejado. El viejo vigilante me miró con cara de reproche y me dejó pasar. Le agradecí con la mano. Él siguió leyendo el diario. Traté de que mis pasos no retumbarán por el pasillo y tomé un atajo para llegar al patio central. Con cuidado intenté mirar por la ventana para ver cómo entrar sin llamar la atención.

Todos estaban en fila, tomando distancia y con la mirada al frente. Me asomé para ver en qué parte del saludo se encontraban. La bandera de la Nueva Argentina y la de Inglaterra ya estaba en lo alto del mástil, la directora estaba dando un discurso sobre nuevas medidas escolares.

Fran me vio y me hizo un gesto con la mano. Me hizo un lugar en la fila para que me ubicará con su curso y nadie notará que había llegado tarde. A medida que seguía el discurso me fui armando un lugar en las filas hasta llegar a mi lugar en la formación. Me golpeé la cara para despertarme un poco.

Estuvimos en clase una hora y ya sentía náuseas. Tenía los ojos pesados y se me revolvía el estómago. Mi cuerpo era como una bolsa de papas. Empecé a garabatear un dibujo en mi cuaderno, cuando noté una mancha oscura en mi entrepierna. Me levanté enseguida, el supervisor de la clase estaba en su teléfono y no me vio. Salí por la puerta sin pedir permiso.

No llegue muy lejos. Me detuve y me di vuelta en seguida cuando escuché que alguien iba a salir del aula. El profesor me miró indignado y muchas caras se asomaron tras él. Su seriedad me ponía más incómoda todavía.

— ¿Qué sucede, Señorita? ¿Por qué no habla?

— Porque tengo público… –le señalé a mis compañeros.

— Entren inmediatamente si no quieren meterse en problemas. Ahora usted, hable.

— Tengo que ir al baño, es urgente, profesor. Problemas femeninos.

— Eh…Eh… –dijo nervioso acomodándose sus lentes– entiendo jovencita, vaya, vaya.

Corrí rápido, sabía que algún chismoso vendría a ver porqué me había escapado así del aula. Miré hacia atrás y no me seguía nadie. Me estampé contra algo. Era Fran. Mierda. Mierda. Mierda.

— Buen dia. ¡Mirá a quién me encuentro! ¿qué hacías? ¿Por qué la cara de preocupación? No creo que quieras perderte la clase del señor Rendinsky, ¿acaso planeas robar un libro de la biblioteca o algo así?

— No, está todo bien. Solamente me retrasé.

— No podés mentirme, — dijo calmado y serio — veo en tus ojos que me estás mintiendo y que algo no está bien. ¿Enserio estás bien? ¿O me estás diciendo cualquier cosa para evitarme? Siento que me estás ocultando algo aunque no me lo digas. — dejó asomar una sonrisa mirando hacia un costado como si estuviera pensando en otra cosa— sos rara.

— Ya te dije que está todo bien. Solamente tengo que ir al baño.

Se ríe.

— ¿De qué te reís? ¿Te parece gracioso?

— No, perdón. Es que es muy cómico en serio. En fin, ¿Puedo usarte como excusa para que no me pongan una falta?

— No puedo hacer eso, no puedo volver al aula.

— Ay, dale. No va a pasar nada, no es el fin del mundo. Si le explicamos que nos atrasamos y estás vos que sos una de las mejores alumnas nos va a creer seguro.

— ¿Nos? Vos faltaste a propósito. Lo hacés todo el tiempo.

— Tengo otros intereses y no me satisface aprender lo que no me gusta.

— Bueno, andá a buscarte otra excusa. Yo no puedo ir al aula.

— Me estás dando miedo. ¿Qué pasa? Podés contar conmigo, no le voy a decir a nadie. Por los pasillos está demasiado aburrido, necesito charlar con alguien o hacer algo.

— Perdón, tengo que irme.

— Siempre que te veo te estás escapando. — Dijo agarrándose la cabeza — No te entiendo.

Me fui rápidamente y no pude evitar darme vuelta. Debe haber visto el manchón rojo. Era imposible de disimular. Entré al baño angustiada.

— Oh, ahora entiendo todo — dijo desde la puerta del baño — Hey, perdón ¿Necesitás algo? Soy un imbécil. Perdóname. Querés que llame a algún preceptor o algo. Puedo ayudarte si querés.

— Andáte, no quiero que me ayudes.

— Enserio, soy un idiota. Dejá que te ayude, te juro que no voy a decir nada.

— No te creo.

— Ya te hubiera molestado si pensaba hacerlo.

— ¿Y si me hacés algo cuando salgo? ¿Y si llamás a todos para que se burlen de mí? No puedo confiar en vos.

— Hacé como quieras, me voy a quedar acá sentado por si necesitás mi ayuda.

Escuché que seguía ahí. Me asomé un poco y vi su sombra en la pared. Realmente se había quedado ahí sentado esperándome para saber si estaba bien. Salí colorada del baño con la cabeza mirando hacia abajo. Él se levantó enseguida. Estaba totalmente avergonzada. No crucé la puerta, no confiaba lo suficiente en él.

— Confiá en mí. Te voy a ayudar en lo que pueda – puso su mano en mi hombro similar a la otra vez y esperó a que lo mirara.

— Solo porque esto arruinaría mi existencia en esta escuela. Necesito que nadie me vea. Tengo que salir ahora mismo.

— Hoy es tu día de suerte, soy experto en eso. Pero hay que pasar por la biblioteca, la bibliotecaria nunca está trabajando y no hay vigilancia. Tomá, usá mi campera.

— No, no. No puedo ponerme eso, la usás todo el tiempo, seguro es tu favorita.

— Para algo existen los lavarropas ¿no? — agregó con un tono burlón — Así que, parece que si me prestás atención ¿Cómo sabías que es mi favorita?

— Observo a las personas. No te sientas especial.

— Me siento especial. Pero te creo, por ahora. Tratá de no llamar la atención. — entramos a la biblioteca y me tomó del brazo para detenerme enseguida — ¡Mierda! ¿Qué hace Ale en la biblioteca?

— ¿Qué? Solo está leyendo…

— No, está evitando hacer otras cosas y por eso lee —se acerca a Ale y trata de taparme para que no me vean, me escondí en uno de los pasillos — ¿Ale, qué hacés? ¿En serio? ¿Tenés planeado pasarte toda la secundaria sentado acá solo? Tenés graves problemas amigo, tenés que salir para conocer a la gente. Allá afuera está la gente.

— ¿Qué haces acá?

— Perdiendo horas de clase, no me van a venir a buscar a este lugar. — respondió Fran y miró hacia donde estaba — ¿Por qué no vas a hacer amigos o a hablar con una chica?

— No puedo, ya comenzó mi clase. No puedo entrar ahora. Ya es tarde.

— ¿Tarde? Tenés 16 años ¿o no? — agarró una silla, la giro ágilmente y se sentó en ella — ¿Hace cuánto que no hablás con alguien?

— ¿Cuenta la bibliotecaria Martins?

— Obvio que no. Además, seguro estabas susurrando, esto es una biblioteca. ¿Realmente pensás hacer amigos acá dentro?

— Le dije buen día al encargado del edificio ¿No cuenta? No recuerdo cuándo hable con alguien, fue hace mucho tiempo. Mirá, yo sé que para alguien como vos es difícil de entender. Pero no es tan fácil. Hay veces que ni siquiera lo intento ya que olvido el sonido de mi voz. Trato simplemente de no pensar en eso y ya está.

— No, no está. — le susurró — Ayer vi un chico queriéndose tirar de una cornisa muy alta y ese chico no estaba bien, así que no, no está. Ahora, vas a salir a hacer amigos y yo voy a estar acá para apoyarte.

— ¿Por qué harías eso? Sería un suicidio social para tu reputación.

— No va a ser así. Voy a estar bien mientras vos te recuperes ¿Sí? Además, no va a ser tan malo, no podés arruinarme fácilmente. Es solo por un tiempo, hasta que te acostumbres a andar por tu cuenta. Hay dos formas de que un chico como vos pueda sobrevivir en la secundaria: una es haciéndose el loco y asustando a los demás; y otra, es hacer de la locura algo positivo, no para vos, sino para los demás. ¿Me explico?

— No para vos sino para los demás. Creo que entiendo. No para vos sino ¿Qué?

— Te lo explico más fácil, ¿Lo ves a Roger? ¿Qué tiene de bueno Roger?

— Que da miedo.

— No, mirá más allá.

— Que su puño pesa más que una masa.

— No, Roger entretiene a los demás con sus payasadas. Él es un maldito demente, mata palomas y gruñón. ¿Pero qué causa que la gente lo respete? Entretiene, les da algo a cambio. Eso tenés que hacer vos. Darles algo a cambio de que no te molesten. Él es un imbécil y lo va a seguir siendo, vos no querés ser un imbécil. Sin embargo, no nos sirve de nada que seas bueno y no sobrevivas la secundaria, por eso tenés que encontrar una forma de que los demás te respeten. Ahora, hablarás con alguien, con quien sea, de cualquier cosa.

— No sé cómo hacer eso…

— Te enseño, se hace así: un paso adelante, cabeza en alto y fuera de la biblioteca. Tenés que sentirte obligado a hablar con alguien, cuando sientas eso, solamente hablá. De lo que sea. Pero por favor, pensá lo que vas a decir. Tratá de decir algo coherente y formular una oración completa.

— ¿A dónde vas? ¿No vas a acompañarme?

— Tenemos que hacer unas cositas antes. Después te alcanzamos. Pero empezá por salir de la biblioteca.

— ¿Tenemos?

— Sí, tengo que hacer unas cosas con Alex. ¿Te acordás de la chica de la ventana? Bueno, está acá. Pero ya nos íbamos. Si no salís de la biblioteca vas a terminar como ella, así que salí afuera – me agarró del brazo y me escondió con su espalda.

— ¿Qué problema hay conmigo? – le susurré entre dientes y con cara de fastidio.

— Lees tanto que te cuesta relacionarte, ya seguro te olvidaste hasta cómo es hablar. Con seres humanos me refiero. Cara a cara.

— Sé hablar. Estoy hablándote ahora mismo.

— Sí, cuando te hablan. Si fuera por vos, estarías sola todo el día, vos y tu libro.

— Me gusta que las personas con las que hablé realmente quieran hablar conmigo.

— A veces uno tiene que ser el primero. ¿Sabés todas las personas que podrías haber conocido y no lo hiciste? Todo eso por tener las narices en tus libros.

— ¿Cómo quién?

— Alguien. Alguien como yo. Nunca me hubieras conocido y no estaría ayudándote a salir de la escuela. Si insistís en no relacionarte conmigo para mantener tu status antisocial, el final de tu historia sería algo así: te molestan por el resto de tu vida escolar; quedás traumada por siempre; y te volvés una ermitaña antisocial con 20 gatos. Deberías agradecerme y aceptar mi amistad.

— Todavía no. Sigo en la escuela ya que aún no lograste sacarme sin que nadie nos vea.

— Ya lo verás y tendrás que agradecerme. Aunque va a costarte un poquito.

— ¿A qué te referís?

— Hay una ventana incluida.

— Te estaría odiando de una forma nueva hoy. Felicidades, subiste de nivel.

— ¿Acaso no confías en mí? Hacer esto es pan comido. Lo haría con los ojos cerrados.

— Te subestimé. Ya subiste otro nivel en menos de cinco segundos.

Fran me llevó por un pasillo que nunca había visto antes. Parecía un lugar solamente autorizado para el personal educativo. Me hizo una señal para que hiciera silencio y me escondiera detrás de una columna. Me dejó ahí unos segundos. Escuché cómo abría una puerta. Me asomé para ver y me pidió que saliera con gestos.

Lo seguí y me fije que nadie nos estuviera viendo. Revisé mil veces que no nos tomarán ninguna de las cámaras de seguridad. Era una sala de limpieza que también se usaba como vestuario. Desde ahí daba a un pequeño balcón. Estábamos en un segundo piso. Este chico estaba realmente loco.

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